Melina Turiace

Hay vidas que se construyen entre papeles, firmas y palabras, pero también entre gestos, convicciones y una vocación que no siempre llega de golpe, a veces se revela. La historia de Melina Turiace es la de una mujer que aprendió a traducir el Derecho en lenguaje humano, a tender puentes donde otros ven muros y a abrazar su camino con la certeza de quien encontró su lugar.

El aire de la mañana todavía guarda algo del rocío cuando las persianas del estudio se elevan con un gesto ya aprendido por el cuerpo. Hay ruidos que son casi música, el deslizamiento suave del metal, el choque breve de unas llaves sobre el mostrador, el roce tenue de los papeles acomodándose en su sitio, como si también ellos supieran dónde deben estar. Afuera, la Ciudad empieza su ritual de bocinas, apuros y pasos apretados contra la vereda, pero puertas adentro el tiempo se suspende unos segundos, como si todavía dudara entre avanzar o quedarse quieto. En ese umbral, donde la calle se detiene y el interior cobra su propio ritmo, Melina Turiace respira hondo y deja que el silencio la atraviese.

“No es un gesto solemne. Es simplemente mi manera de empezar el día. Necesito unos segundos de calma para ordenarme por dentro antes de abrirle la puerta al mundo”, dice, mientras apoya el bolso sobre el escritorio que la espera desde hace años, paciente, firme, testigo silencioso de cientos de historias.

En ese pequeño ritual cotidiano hay algo profundamente simbólico: la conciencia de estar habitando un lugar elegido. Porque su camino no fue una línea recta dibujada desde la infancia, sino más bien una trama de decisiones, intuiciones, encuentros y señales. Melina no recuerda un momento exacto en el que haya dicho “voy a ser abogada” con la claridad de un juramento infantil. De chica, como tantas otras, soñaba con curar cuerpos. “Yo quería ser médica, sin dudarlo. Adoraba a mi pediatra, el doctor Barassi. Me parecía un héroe. Quería ser como él, ayudar, sanar, aliviar dolores”, recuerda.

Pero la vida, con su manera imprevisible de reorganizar los planes, le propuso otro mapa. A los diecinueve años, mientras trabajaba en una petrolera, alguien la observó en silencio durante varios días. La vio escribir, redactar informes, ordenar ideas con la prolijidad de quien entiende que las palabras tienen peso. Hasta que un día se acercó y le dijo, casi al pasar: “Nena, vos tenés pasta para esto. Estudiá abogacía”. Y aunque en ese instante no dimensionó la fuerza de esa frase, la semilla ya estaba sembrada.

“Esa frase me quedó grabada. No fue una orden, fue una revelación. Empecé a pensar en el Derecho como una posibilidad real para mí”, confiesa.

Tiempo después, caminando por Puerto Madero, el azar la llevó a cruzar la puerta de la Universidad Católica Argentina. Entró casi como quien entra a refugiarse del calor o del ruido, pero salió con una decisión tomada. “La UCA estaba cerca de mi trabajo y eso fue una excusa perfecta. La verdadera razón estaba adentro mío. Entré, pedí información y me anoté. Sola, sin consultar a nadie. Recién después se lo conté a mi familia”, dice con una sonrisa que mezcla timidez y determinación.

Su primera materia fue Derecho Romano. Podría haber sido una barrera, una dificultad, pero para Melina se convirtió en una revelación. Estudiar con el libro del doctor Di Pietro la conectó con la raíz misma del pensamiento jurídico, con ese momento primitivo en el que la ley no era sólo una serie de normas, sino una pregunta profunda por la justicia. Ulpiano se volvió una brújula. “Justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Esa frase dejó de ser teoría para convertirse en forma de vida.

“No lo leía apenas como un concepto académico. Lo sentía como una verdad que podía aplicar a todo: a mi familia, a mis vínculos, a mi trabajo. Me di cuenta de que el Derecho no era algo frío, sino profundamente humano”, explica.

Años más tarde, decidió cambiarse a la Universidad de Belgrano para seguir la orientación jurídico-notarial. Ya trabajaba en la escribanía de su madre, rodeada de sellos, protocolos, tomos antiguos y documentos que condensaban historias familiares completas en unas pocas páginas manuscritas. Algo en ese universo la convocaba desde un lugar difícil de explicar con palabras.

Se recibió en 2004. La última materia, Concursos y Quiebras, fue una de las más exigentes. “No era la que más me gustaba, pero la enfrenté con todo. Y cuando supe que había aprobado con un ocho, sentí que había vencido un miedo enorme”. Más tarde llegó la tesis, sobre la responsabilidad del escribano frente a documentos apócrifos, que fue distinguida y publicada en la biblioteca de la universidad. Años después, el Código Civil y Comercial de la Nación reguló exactamente esa temática. “Sentí que me había adelantado al tiempo. Fue una sensación muy fuerte, como si mi trabajo hubiera sido una premonición”, cuenta.

La vida detrás de las firmas

Nacida el 8 de agosto de 1980 en Saavedra, criada en Belgrano, Melina construyó su identidad entre el ritmo porteño y el refugio familiar. Sus padres Salvador y Carmela dejaron una marca indeleble. “Mi papá me enseñó tres cosas que son ley para mí: humildad, buenos modales y sencillez. Eso es lo que intento transmitirles a mis hijos todos los días”, dice. De su madre heredó la exigencia, la disciplina, la idea de que el estudio era un camino innegociable. “Durante años me dijo: ‘Estudiá para ser alguien en la vida’. Hoy entiendo que ya era alguien sin un título, pero también le agradezco porque me impulsó a crecer”.

A los treinta años llegó el gran sueño que siempre la había acompañado en silencio: formar una familia. Se casó con Mauro Varcaro y se mudó a Tigre, donde nacieron Bautista y Valentino, su mayor orgullo. “Ellos son mi motor. Todo lo que hago, lo hago pensando en ellos. Quiero que crezcan libres, que sigan su vocación, que no cumplan mandatos”, afirma.

En ese entramado familiar ocupan un lugar especial sus suegros. Mingo, su fan número uno, colocaba sus tarjetas personales sobre el mostrador de su kiosco, entre golosinas y revistas, repartiéndolas con orgullo a cada cliente. Ana, sensible y presente, celebra cada logro con emoción. “Siento que la vida me regaló grandes suegros. Eso no es algo menor”, reconoce.

Durante más de veinticuatro años trabajó en la escribanía de su madre, convirtiéndose en la oficial mayor, esa figura fundamental que sostiene todo cuando la titular no está. Rindió el examen de práctica notarial frente a grandes referentes del ambiente, quienes le auguraron una carrera brillante. Se matriculó incluso como escribana en la provincia de Buenos Aires, pero su corazón eligió otro camino.

“No sé explicarlo técnicamente, pero supe que mi lugar era ese escritorio, en mi propia oficina, hablando de persona a persona, sin intermediarios, sin socios. Necesitaba sentir que cada caso pasaba por mis manos y por mi corazón”, relata.

En su estudio, ubicado en la esquina de Paraguay y Florida, Melina asesora, acompaña, contiene. Se especializa en derecho sucesorio y constitución de sociedades, pero su trabajo va mucho más allá del expediente. Cada cliente llega con una historia cargada de emociones. Conflictos familiares, herencias, duelos, despedidas, nuevos comienzos. “En el derecho sucesorio no sólo se reparten bienes, también se ordenan historias, se sanan heridas o salen a la luz dolores antiguos. Hay que tener mucha sensibilidad para acompañar esos procesos”, explica.

Su manera de explicar es una de sus mayores virtudes. Evita la jerga técnica excesiva, no quiere que el Derecho sea una barrera. Prefiere el lenguaje simple, los esquemas dibujados, las palabras claras. “Siempre les digo: ‘Te lo voy a explicar fácil. Te voy a simplificar el Derecho para que lo entiendas’. Y si hace falta, agarro una hoja y dibujo. Eso tranquiliza muchísimo”, asegura.

Tal vez ahí permanezca, de otro modo, aquel antiguo sueño de ser médica: ya no cura cuerpos, pero calma ansiedades, ordena ideas y devuelve tranquilidad.

Una voz que se expande

En los últimos años, la tecnología se convirtió en su gran aliada. Las redes sociales le permitieron correrse de los límites físicos del estudio y llegar a personas de todo el país. Instagram fue el primer paso, con pequeños reels donde explicaba sucesiones, testamentos, donaciones, trámites que parecían imposibles. “Me di cuenta de que había muchísima desinformación y miedo. Yo podía traducir el Derecho a un idioma más humano”, cuenta.

Luego llegó TikTok, y con él el humor, la espontaneidad, el alcance masivo. Superó los 187.000 seguidores con videos familiares que mezclaban lo cotidiano con la risa. “Siempre digo que el humor cura. Cuando reímos, algo en el alma se acomoda”, asegura.

La pandemia marcó otro antes y después. Los tribunales cerrados, la virtualidad, el mundo detenido. Pero también nuevas oportunidades. Participó en un programa de preguntas y respuestas, conoció una productora, llegó la invitación a la radio, a la televisión, a Grupo Perfil, a Caras TV, al programa de la doctora Ana Rosenfeld. La palabra volvió a ocupar un lugar central. Y la escritura, esa vieja amiga de su adolescencia, regresó con fuerza.

“Cuando gané aquel concurso en La Nación, en 1998, entendí que escribir era mi refugio. Hoy siento que comunicar es mi segunda vocación”, dice.

Entre Tigre y la Ciudad de Buenos Aires transcurre su vida. La calma de Nordelta, donde conecta con su espiritualidad en la Parroquia Sagrada Familia, convive con la energía del microcentro, su oficina, su mesa en Florida Garden. Cuando trabaja desde casa, elige espacios abiertos para recibir a sus clientes: Unico, Mooi, el centro comercial Los Lirios. “El aire libre ayuda a que las ideas fluyan mejor”, comenta.

Sin embargo, su mirada va mucho más allá de su propia historia. Lo que escucha cada día en su estudio la conecta con una realidad social que la preocupa: la crisis de la salud, la educación en declive, la pobreza creciente, la vulnerabilidad de los jóvenes frente al bullying y el grooming. “Nuestros chicos están expuestos a peligros enormes en el mundo digital, y muchas veces los adultos no sabemos cómo acompañarlos”, reflexiona.

Y hay un tema que la atraviesa especialmente: los jubilados. “Ellos son la historia viva de nuestro país. Trabajaron toda su vida, construyeron lo que somos, y hoy muchos no pueden cubrir ni lo básico. Eso me genera mucha tristeza e indignación”, afirma con firmeza.

También observa con preocupación el momento institucional del país, la tensión entre poderes, la polarización, la incertidumbre. Sin embargo, no pierde la esperanza. “Creo que hablar de lo que nos pasa, visibilizarlo, ya es un primer paso. El otro es comprometernos, desde donde podamos”, reflexiona.

Cuando se le pregunta si la vocación nace o se descubre, su respuesta es clara: “En mi caso, se fue revelando con el tiempo. Fue una conquista, una búsqueda, un encuentro conmigo misma. Y hoy la abrazo más que nunca”.

Quizás nadie imagine, al verla caminar por el microcentro o subir un video a sus redes, la profundidad del recorrido que la habita. Pero todo está ahí, en sus gestos, en su palabra serena, en su forma de mirar al otro sin juicio.

Y en algún punto exacto de la Ciudad, entre archivos, sellos antiguos, teléfonos móviles y pantallas nuevas, una mujer sigue creyendo que el Derecho puede ser claro, que la justicia puede ser humana y que la vocación, cuando es verdadera, siempre, siempre, encuentra su forma de florecer.

Flavia Tomaello

Fotos: Fabián Sans

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