En el corazón de Chascomús, la antigua casa del presidente Raúl Alfonsín fue reconvertida en Casa Laurel, un hotel boutique que combina diseño contemporáneo, arte local y un tributo respetuoso a quien supo habitarla.
En la vereda de la calle Lavalle, frente a la galería fresca que protegía la entrada principal de su casa, Raúl Alfonsín solía tomar café con los vecinos los domingos por la mañana. No hablaban de política. O no siempre. El ritual comenzaba temprano: un pocillo humeante, una silla de mimbre y un saludo cordial a todo el que pasara. A veces, el diálogo giraba en torno a la lluvia que no llegaba, otras sobre un problema de salud, o sobre el futuro de algún hijo que pensaba mudarse a la Capital. Él escuchaba con atención. Tenía la rara virtud de hacer sentir a los demás que aquello que decían era importante. Los vecinos lo sabían: Alfonsín podía ser el presidente del club de barrio, el abogado del centro o simplemente Raúl, el del galpón de los fondos, el que no dejaba de saludar ni aunque estuviera apurado.
Esa calidez barrial, doméstica, casi pudorosa, es la que aún parece flotar en el aire de Casa Laurel. Porque la memoria, cuando es honesta, no necesita vitrinas.
La vivienda que desde 1957 hasta 1976 fue el epicentro cotidiano de los Alfonsín no ostentaba pretensiones. Con su estructura robusta de principios del siglo XX, paredes anchas, techo alto, molduras sobrias y una disposición de ambientes que privilegiaba el estar juntos, fue testigo de días intensos. Allí se criaron seis hijos, se compartieron meriendas con pan casero, se improvisaron tardes de tarea escolar en la mesa grande del comedor. También fue allí donde Raúl instaló su estudio jurídico, sin separar demasiado lo público de lo privado.
Una casa que fue familia
Ese cruce constante entre lo personal y lo social es parte del ADN de esta casa. Por sus pasillos caminaron amigos entrañables como Balbín e Illia, pero también vecinos anónimos que venían a pedir consejo. La puerta solía estar entornada, como diciendo: “Pasá, que siempre hay tiempo para escuchar”.
Se dice que durante años, la familia prestaba la casa para casamientos, reuniones comunitarias o celebraciones religiosas. El salón principal, que hoy aloja el restaurante del hotel, fue testigo de valses y brindis. “Don Raúl decía que la casa era grande y que, si podía servir para alegrar a alguien, mejor”, recuerda una vecina que solía ayudar en la cocina.Un hallazgo que cambió de rumbo
En plena pandemia, mientras navegaban sin rumbo por redes sociales, Gastón Sessa y María Eugenia Muñoz se toparon con la venta del inmueble. Algo los empujó a verlo en persona. “Cuando cruzamos el umbral, supimos que la casa ya nos había elegido”, dice ella. Decidieron no convertirla en un mausoleo ni en una pieza de museo. Tampoco ocultar su historia. El desafío fue restaurarla desde el respeto, para que pudiera contar su pasado sin quedarse atrapada en él.
Así nació Casa Laurel, un hotel boutique con espíritu contemporáneo y alma centenaria. Son trece habitaciones, cada una pensada como una puesta escénica vivible. La habitación “Presidente” se alza donde dormía Alfonsín, pero no hay fotografías enmarcadas ni frases célebres sobre la cama. Hay un sillón que invita a leer, una lámpara antigua restaurada y una ventana que sigue abriéndose con bisagras originales.
“No queríamos que vinieran a ver la historia, sino a habitarla”, explica Muñoz. Por eso cada rincón fue restaurado con materiales nobles: madera rescatada, hierro trabajado a mano, textiles que dialogan con la paleta pampeana. La luz natural baña los patios, y una glicina —que según dicen fue plantada por María Lorenza— sigue trepando su muro sin apuro. Donde el arte conversa con la memoria.
El alma de la casa no se refugia solo en su arquitectura. Desde sus inicios, Casa Laurel incorporó piezas de artistas como Ricardo Calderón, Martín Enricci, Wanda Matulionis, Caro Etchepare, Sebastián Semino y Jessica Trosman. Las obras no decoran: conversan con el espacio. Cada cuadro, cada escultura, parece haber sido colocado por alguien que conocía la historia de los muros donde se apoyan.
El hotel se entrelaza además con el universo creativo de Tienda Laurel, el otro emprendimiento de sus dueños. Muchos de los objetos que integran la ambientación pueden adquirirse, llevando así un pedazo de esa estética serena a otros hogares.
El restaurante del hotel, a cargo del chef Juan Augusto García, es otro de los puntos que marcan identidad. Con una carta que homenajea la cocina local desde una mirada contemporánea, se pueden probar platos como un roll de pejerrey con risotto de rúcula, pastas caseras con frutos de mar o un lomo a la pimienta con papines andinos.
Las meriendas se han convertido en pequeñas ceremonias. A media tarde, el perfume de los dulces caseros y el chocolate de Maruge convoca a los huéspedes y a los vecinos. Las tazas se acompañan de historias. Muchas veces contadas por los propios dueños, que caminan entre las mesas relatando anécdotas, recomendando un vino o simplemente compartiendo una sonrisa.
Una escapada perfecta
Hospedarse en Casa Laurel es, también, una puerta abierta a redescubrir Chascomús. La ciudad aún conserva ese ritmo amable de los pueblos donde se puede andar en bicicleta sin apuro. La laguna, a sólo unas cuadras, invita a caminatas al atardecer, paseos en bote o picnics con mate y bizcochitos.
La Catedral Nuestra Señora de la Merced, el histórico Teatro Brazzola o la Casa de Casco, donde alguna vez funcionó la comandancia del fuerte, conforman un recorrido patrimonial de enorme valor. Más al sur, la Capilla de los Negros, con sus paredes de adobe y su historia de resistencia cultural, conmueve por su sencillez.
El Museo Pampeano, con sus carruajes, documentos y objetos de época, permite entender cómo se forjó esta ciudad que parece haber sido trazada con el pulso sereno de los lagos.
Además, en los últimos años se sumaron propuestas como el Mercado de los Artesanos, pequeños cafés de especialidad, y recorridos gastronómicos por viñedos cercanos que se han convertido en polos de atracción para el turismo de escapada.Un refugio donde habita el país que soñamos
Casa Laurel no se limita a ofrecer descanso. Su magia reside en alojar algo más profundo: la emoción de sentirse parte de una historia compartida. Como si cada huésped, al entrar, conectara con una Argentina que todavía cree en el diálogo, la escucha, la comunidad.
“Raúl no está en una placa. Está en el modo en que saludamos, en cómo se arma la mesa, en la idea de que este lugar es de todos”, resume Gastón. Y eso se nota. En el respeto silencioso de los ambientes, en la calidez de los detalles, en esa glicina que sigue creciendo como si no pasaran los años.
Cuando cae la tarde, y el cielo se tiñe de durazno sobre la laguna, uno puede sentarse en el patio interior del hotel y escuchar. No hace falta mucho. Un zorzal, el rumor del viento entre las persianas de madera, una conversación lejana. Entonces, como un murmullo apenas, parece escucharse esa frase que define todo: el país que soñamos empieza siempre por casa.
Flavia Tomaello
