Podemos dormir bien, comer bien y entrenar todos los días. Pero si no tenemos con quién compartir la vida, algo sigue faltando.

Hay una pregunta que casi nunca hacemos cuando hablamos de cuidarnos: ¿con quién
estás cuidándote?
Porque cuando hablamos de salud o de sentirnos mejor, casi siempre ponemos el foco en una sola persona. En su rutina, en sus hábitos, en lo que hace por sí misma para sentirse bien. Como si cuidarse fuera algo que se resuelve puertas adentro, a solas con uno mismo.
Y, sin embargo, hay algo que la ciencia viene diciendo hace décadas y que seguimos
ignorando: no hay salud completa sin vínculos.
Un estudio de Harvard, que lleva más de ochenta años siguiendo a las mismas personas a lo largo de toda su vida, llegó a una conclusión simple y contundente: lo que más predice una vida larga y feliz no es el dinero, ni el éxito, ni siquiera la genética. Es la calidad de nuestros vínculos. Y la soledad, dicen los investigadores, puede ser tan dañina para la salud como fumar.
Fuerte, ¿no?
Porque hablamos mucho de alcanzar rutinas perfectas, pero casi nunca de la calidad de nuestras conversaciones. Como si eso también no fuera parte de nuestra salud.
Vivimos en la época más conectada de la historia y, al mismo tiempo, muchísimas veces nos sentimos solos.
Tenemos cientos de contactos guardados en el celular y, aun así, a veces no sabemos a quién llamar un domingo a la tarde. Respondemos mensajes todo el día y no recordamos la última conversación real, cara a cara, sin una pantalla de por medio. Confundimos estar comunicados con estar acompañados.
Y esa diferencia importa más de lo que creemos.
Porque la soledad no siempre se ve como uno se la imagina. No es solamente estar sin
pareja o sin amigos. A veces es estar rodeado de gente y sentir que nadie te ve del todo. Es tener con quién hablar, pero no con quién ser vos.
Quizás por eso creo que uno de los actos más importantes de amor propio es, simplemente, sostener un vínculo. Llamar a esa persona. Preguntarle de verdad cómo está y quedarse a escuchar su respuesta. Compartir una comida sin el teléfono sobre la mesa. Decir “te extraño” antes de que se convierta en una deuda pendiente.
No entra en ninguna rutina de autocuidado.
Pero quizás sea, silenciosamente, uno de los hábitos que más impacto tiene en cómo nos sentimos.
Jenny Williams
