Empanadas argentinas por el mundo

Un disco de masa, una cucharada de relleno, un repulgue hecho con los dedos. Detrás de cada empanada hay algo más que una receta: hay infancia, pertenencia, memoria y afecto. En mercados, restaurantes y festivales lejanos, algunos cocineros y emprendedores decidieron replicar ese bocado que dice tanto sin hablar. El resultado: una red de sabor que abraza a los que están lejos y seduce a los que nunca probaron una.

Pocas veces una preparación tan simple puede encapsular tanto contenido emocional, cultural y geográfico como la empanada. Esa media luna rellena, con variantes regionales que van del picante salteño al dulzor mendocino, ha dejado de ser un tesoro de empanaderas anónimas para conquistar el mundo desde Londres hasta Copenhague, de la mano de exiliados voluntarios, chefs visionarios y hasta tenistas tucumanos. Porque, donde haya un argentino, hay una empanada esperando ser servida.

A veces el aroma aparece de golpe, como un recuerdo que irrumpe. El sonido del horno, el dorado justo, la primera mordida: no hace falta cerrar los ojos para viajar al lugar donde las cosas eran simples y todo se resolvía con una empanada caliente sobre un plato blanco. Esa comida envolvente, de origen popular y corazón itinerante, hoy se abre paso en rincones insospechados del planeta. De la mano de exiliados voluntarios, cocineros apasionados o amigos en busca de un sueño, estas pequeñas medialunas rellenas se vuelven mensajeras de identidad. Donde hay una empanada, hay un modo de volver.

La empanada no necesita pasaporte. Viaja en manos de quienes cocinan con amor, en hornos improvisados o cocinas profesionales. Sobrevive al cambio de clima, al idioma, a los ingredientes desconocidos. Mantiene su esencia en cada rincón del mundo porque habla un idioma universal: el de la memoria emocional. Para algunos, es un puente hacia lo que dejaron; para otros, una puerta de entrada a lo que no conocían. Pero para todos, es una invitación a compartir. Y ese gesto, quizás, sea el más potente de todos.

Una historia de amor y de empanadas

Guadalupe Fernández Mejía tiene una larga historia de raíces nacionales. Abuelo actor de la época de oro del cine nacional, co-fundador del pueblo donde nació y emotiva defensora del ser argentino. Cuando se enamoró de un berlinés, la vida la llevó a una de las ciudades más estimulantes del mundo. Con 27 años de migrante y tres hijos que nacieron Berlín, juntos su esposo crearon Harina in Love, un proyecto que trabaja con las emociones. Fueron los primeros en poner un food truco en el Mauer Park (el parque en donde estuvo el muro) en 2016. Pero las empanadas fueron sólo el trampolín para contagiar argentinidad. Crearon Chamuyo, que propone experiencias argentinas. Para agosto, en colaboración con otra argentina, presentarán el 22 de agosto la Cumbre Creativa en español en Alemania. La energía arrasa del tal manera que Elon Musk los eligió como el catering para la presentación de su fábrica de Tesla en Berlín.

Una sanjuanina en el corazón del mercado británico

Marianela Dufflar dejó su tierra natal por amor y aterrizó en una ciudad lluviosa con una idea fija: volver a probar una empanada como las de su casa. Pero no la encontró en ningún lado. Así nació Porteña, su puesto en el Borough Market, uno de los más concurridos de Londres. Comenzó cocinando para amigos, y hoy sirve cientos de empanadas por jornada. Conserva la receta tradicional: carne cortada a cuchillo, cebolla, huevo y condimentos criollos. El local, decorado con guiños culturales, es una pequeña embajada de sabor. “No son solo empanadas —asegura—, es lo que representamos al servirlas: memoria y origen”.

Un tucumano conquista el circuito de tenis

Santiago González Iglesias no empuña raquetas, pero está presente en cada torneo importante. Es el cocinero que acompaña a Diego Schwartzman y otros tenistas, y su especialidad es clara: empanadas tucumanas de carne, jugosas y con limón. Junto a su hermana Florencia, lleva su cocina a cada sede del circuito ATP. En Londres, París o Miami, las bandejas de empanadas no duran más de unos minutos. “Los jugadores las esperan como ritual después del partido, incluso los extranjeros”, dice. La receta es simple pero efectiva: masa suave, carne picada a cuchillo y el condimento justo. “El secreto está en hacerlas con el mismo cariño de casa”.

La vida nómada y el sabor que arraiga

Rosario y Florencia se conocieron en un hostel del norte y se reencontraron años después en Utah. Ahí, entre paisajes nevados y desiertos rojos, decidieron revivir los sabores del norte argentino. Comenzaron con un pequeño servicio de catering, y pronto su “Empanada Tour” ganó seguidores en ferias, festivales y pistas de ski. Ofrecen variedades tradicionales y algunas adaptadas al paladar local, pero con identidad intacta. “Cada vez que alguien nos dice que probó algo parecido en su viaje, sentimos que logramos el objetivo: no solo vendemos comida, compartimos una historia”, cuentan. El horno portátil y sus acentos ya son parte del paisaje del oeste estadounidense.

El restaurante que encontró el sabor del éxito

Martín Boudon y Carolina Figueroa no pensaban abrir un restaurante cuando se instalaron en Copenhague. Él trabajaba como fotógrafo y ella en diseño, pero la nostalgia pudo más. Decidieron cocinar empanadas en casa y venderlas por Instagram. La demanda fue tal que, en menos de un año, abrieron Luna, un restaurante argentino en el corazón de la ciudad. El menú incluye empanadas tradicionales, vinos argentinos y un postre que se convirtió en un suceso: flan casero con dulce de leche. Las empanadas —de carne, humita o jamón y queso— salen doradas, envueltas en servilletas, con una estética tan cuidada como el sabor. “Acá todo entra por los ojos, pero se queda por el alma”, explica Carolina. El lugar ya es un punto de encuentro para la comunidad latina y una joya para los daneses que descubren que dentro de esa masa hay un universo entero.

Un matrimonio y un proyecto que crece con cada bocado

Luciana y Javier encontraron en Tel Aviv el lugar para echar raíces, y en la empanada, el puente con lo que dejaron atrás. Crearon La Porteña Empanadas, un emprendimiento que respeta la tradición y se adapta a las exigencias locales, como la alimentación kosher. Mantienen el espíritu de la empanada criolla, pero ajustan ingredientes sin perder sabor. Las de carne picante y choclo son las preferidas. “Hay clientes que vuelven cada semana solo para revivir un recuerdo”, aseguran. Ya planean abrir una segunda sucursal. “Nunca imaginamos que lo que hacíamos en casa terminaría tocando tantas vidas acá”, agregan con emoción.

El sabor como emprendimiento de inmigrantes

Martín Rossetti llegó a Melbourne en busca de un nuevo comienzo, pero no pudo desprenderse del anhelo de una buena empanada. Así nació La Empanadería, un local que empezó como producción casera y hoy ofrece más de mil empanadas semanales. Las hay de carne, pollo, jamón y queso, y también veganas, pero todas tienen algo en común: evocan un origen. “Para los que vienen de allá, es como volver a casa; para los locales, es descubrir algo nuevo y poderoso”, cuenta. La fila en la puerta confirma que la empanada encontró su lugar. “Es un idioma que todos entienden: el del buen comer”, concluye.

Por Flavia Tomaello