El sentimiento de «llegar tarde» y la brújula perdida.

Es una escena que se repite con una frecuencia alarmante en miles de hogares argentinos: una madre o un padre observa a su hijo y siente, en ese rincón intuitivo que no sabe de diagnósticos pero sí de vínculos, que «algo no está bien». Tal vez es la ausencia de palabras cuando ya deberían estar ahí, un berriche que escala hasta desbordar cualquier lógica, o esa mirada que parece perderse en un horizonte invisible. En ese instante, se dispara una carrera contra el reloj. Las familias inician un peregrinaje agotador por consultorios médicos, salas de espera y gabinetes escolares, buscando una respuesta que les dé respuestas y les devuelva la paz.
Sin embargo, el camino suele ser pedregoso y, a menudo, desolador. Muchos padres sienten que cumplen a rajatabla lo que el colegio y el pediatra indican, pero los tiempos administrativos y los turnos médicos se hacen eternos. Las listas de espera para una terapia específica, la burocracia de las obras sociales que retacean coberturas o la falta de profesionales especializados en la zona de residencia generan una desesperación silenciosa. El tiempo —el activo más valioso en la infancia— pasa, el niño crece y los padres se quedan con un puñado de informes y más preguntas que certezas.
Aquí es donde reside la verdad más esperanzadora y, a la vez, la que más responsabilidad nos otorga: la intervención que más impacta en el desarrollo de un niño no ocurre en los consultorios, sino en el living de su casa, en su mesa y en sus rutinas diarias. Ni el niño con el tratamiento más costoso alcanzará su máximo potencial si su entorno cotidiano no se transforma en un aliado de su evolución.
Cuando las terapias no son suficientes
Desde hace más de 15 años, me dedico al acompañamiento interdisciplinario de familias cuyos niños presentan desafíos en el desarrollo y requieren una mirada integral. Mi labor no es solo sumar una terapia más, sino brindar un direccionamiento profesional que permita comprender con claridad qué necesita el niño y cómo favorecer su evolución desde adentro del sistema familiar.
A menudo, los niños llegan a la consulta con una agenda saturada de especialistas: fonoaudiología, psicología, terapia ocupacional, psicopedagogía, Sin embargo, estas piezas suelen estar desconectadas entre sí. El niño asiste a sesiones individuales donde trabaja fragmentos de su ser, pero carece de una observación integrada. Como especialista en desarrollo y coach sistémica, mi objetivo es generar un orden en todo el sistema que rodea al niño.
Muchas veces, el exceso de terapias externas termina por agotar a la infancia, restándole tiempo vital de juego y de vida familiar. Mi enfoque propone integrar las estrategias terapéuticas en la crianza diaria para que el hogar se convierta en el principal motor de cambio. Esto no solo optimiza los avances, sino que permite que el niño disfrute de una niñez con «más hogar» y menos sesiones externas.
Radiografía de una infancia en alerta: Factores que el diagnóstico no explica
En los últimos años, los profesionales y educadores observamos con preocupación el aumento de niños con desafíos que suelen encuadrarse rápidamente bajo diagnósticos como el Espectro Autista (TEA) o el TDAH, entre otros. Si bien el diagnóstico es una herramienta, no siempre es el origen real de la sintomatología, es por ello que mi enfoque se centra en lo que ese niño requiere para un despliegue adecuado de su desarrollo, utilizando la cantidad justa de terapias necesarias, a fin que el niño pueda disfrutar de su niñez, con los encuadres adecuados dentro del contexto primario de desarrollo, “el hogar”
Al indagar en la historia de estas familias, encontramos patrones redundantes que afectan la integración del sistema nervioso:
- Falta de hitos motores: Niños que no gatearon o que lo hicieron de forma asimétrica, o bien que establecieron una marcha tardía, salteando etapas esenciales para la maduración cerebral.
- Higiene del sueño inexistente: Ritmos de descanso alterados, niños que se duermen a medianoche, o tienen despertares, logrando una cantidad de horas de descanso inferior a la sugerida según edad.
- Desorden sensorial y restricción alimentaria: Dietas restrictivas basadas en harinas y azúcares que inflaman el sistema y afectan la conducta.
- El berrinche como lenguaje: Ante la falta de comunicación verbal, el niño recurre a la protesta desmedida, alimentada por un entorno que muchas veces cede para evitar el conflicto.
El enemigo silencioso: Pantallas, dopamina y sentidos apagados
Es imposible abordar el desarrollo infantil hoy sin mencionar la omnipresencia de la tecnología. Muchos padres consideran que sus hijos «no miran tanto» la televisión, pero el dispositivo encendido como ruido de fondo es una constante. El cerebro de un niño pequeño está diseñado para aprender a través del movimiento y los sentidos: tocar, oler, trepar, caerse.
Cuando un niño está frente a una pantalla, su cuerpo se inactiva y sus sentidos se «apagan» artificialmente. Sin integración sensorial, el lenguaje se retrasa. Además, el efecto es químico: la dopamina liberada ante los estímulos digitales genera un estrés que inhibe las conexiones neuronales nuevas. Como suelo decir: «El cerebro no desarrolla nada que no sienta la necesidad de desarrollar». Si un dispositivo “entretiene” al niño sin solicitar del niño nada de esfuerzo, (no pide interacción humana, no emite temperatura, no tiene textura, no solicita nada humano) y a eso le sumamos que el niño fuera de la pantalla en su casa le entienden todo lo que necesita porque “se hace entender” su cerebro no buscará la complejidad del lenguaje o la interacción social.
Para ilustrar este impacto, recuerdo el caso de una niña de 2 años que llegó a consulta con ausencia total de habla, marcha en puntas de pie y un marcado temor social. Su pediatra sospechaba TEA. Sin embargo, su mirada intensa y conectada sugería que había un potencial esperando ser despertado.
En lugar de derivarla a múltiples terapias fragmentadas, ordenamos su hogar:
- Sueño: Rutina estricta de 12 horas en su propia habitación.
- Pantallas: Retiro total de la tecnología para reconectar con el mundo real.
- Integración Sensorial: Actividades de conciencia corporal y texturas en casa.
- Juegos: Juegos que brindaran flexibilidad y donde la imaginación fuera necesaria.
- Alimentación: Una alimentación que organizada por horarios, y orientada a una nutrición favorable al desarrollo conforme los momentos del día.
- Límites y Rutinas: Predictibilidad para calmar su sistema nervioso.
En pocas semanas comenzaron a verse los avances, alcanzó el descanso esperado, la marcha en puntas desapareció, los berrinches cesaron y el lenguaje comenzó a dar sus primeros brotes. Hoy, a sus 5 años, asiste a un colegio bilingüe, sin apoyos externos. Su transformación fue el resultado de transformar su hogar en un entorno terapéutico.
Volver a lo esencial: Un acto de amor y prevención
La infancia actual reclama adultos que acompañen con consciencia. Criar sin pantallas y con límites claros exige más esfuerzo y presencia que entregar un celular, pero es el mayor acto de prevención y o de rehabilitación que podemos ofrecer.
El niño necesita ritmos, rutinas y, por sobre todo, juego verdadero. Ese juego libre donde se ensaya la vida, se tolera la espera y se construye la creatividad. Mi misión es brindar a las familias herramientas prácticas para que puedan observar avances concretos y sostenibles, recuperando el liderazgo parental.
Se trata de entender que el hogar es el escenario donde se juega el futuro de nuestros hijos. Con o sin terapias, la familia es y será siempre el factor decisivo para que cada niño despliegue su máximo potencial.
Maia Elenberg Acompañamiento e intervención interdisciplinaria de familias, educadores y equipos terapéuticos.
IG: maia.elenberg
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