Era 2016. Los viernes los dejaba para atender a quienes no podían pagar. Ese día llegó ella: ansiedad generalizada, tres hijos pequeños, medicación psiquiátrica, desesperanza… y una plaza que la perseguía todos los días.

Había presenciado la muerte de su padre ahí mismo, frente a su casa, hacía cuatro años. Desde entonces, el cuerpo, su cuerpo, había hablado: angustia, mareos, encierro. La vida se le escurría.
Hice todo lo que sabía. EMDR. Técnicas de integración cerebral. Incluso la acompañé a la plaza, al epicentro de su trauma. Ella quería sanar. Yo también. Pero nada funcionaba. Me llamaba los fines de semana, en crisis. Yo la contenía. Ella recaía. Repetíamos.
Hasta que un día, cambié la dirección de la pregunta:
—¿Qué pasaría si sanaras?
Silencio.
—Si me curo, mi marido me deja —dijo.
—¿Y querés eso?
—No, Xime. Si él se va… ¿cómo mantengo a mis hijos? No puedo.
Boom.
Ahí entendí. El “síntoma” era su escudo. Su forma (dolorosa, inconsciente) de sostener lo insostenible. Sanar no era solo dejar de sentir ansiedad. Sanar implicaba perder su base económica. Sanar implicaba quedarse sola. Y eso, en ese momento, era peor que la angustia.
Lo que viví con ella me partió en dos. Porque me hizo ver el límite de la técnica, del método, de la mente brillante que busca resultados. No somos solo lo que queremos cambiar. También somos lo que necesitamos conservar para sobrevivir. Incluso si nos hace daño.
A veces, el síntoma no es el enemigo. Es el pacto oculto que sostiene la vida como puede.
Y eso, queridas y queridos, fue uno de mis mejores fracasos.
Porque me devolvió humildad.
Porque me recordó que el deseo del paciente siempre va primero.
Y porque me enseñó que sanar también es estar dispuesta a perder lo que más miedo te da perder.
Ximena Sureda
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