Fotos familiares, conversaciones, correos electrónicos, perfiles en redes sociales, cuentas virtuales e incluso dinero digital forman parte de un patrimonio que no siempre se ve, pero que existe. Y cuando una persona fallece, todo eso queda suspendido en un lugar al que muchas veces nadie puede acceder.
Cada vez es más frecuente una situación tan cotidiana como desconcertante: el celular de un ser querido que ya no está, protegido por una clave; un WhatsApp que sigue activo; un perfil de Facebook o Instagram que permanece abierto, como si el tiempo no hubiera pasado. La vida digital no se apaga con la muerte, y eso plantea nuevas preguntas.
El desafío no es solo emocional, también es económico y legal. Hoy, parte del patrimonio puede encontrarse en billeteras virtuales, plataformas de inversión o incluso criptomonedas. A diferencia de los bancos tradicionales, estos espacios digitales no siempre facilitan el acceso a los herederos. Si nadie conoce las claves o desconoce la existencia de esos bienes, pueden perderse.
En nuestro país, la ley reconoce que los bienes con valor económico integran la herencia, aunque sean digitales. Pero en la práctica, acceder a ellos no siempre es sencillo. Muchas plataformas exigen documentación, acreditación de herederos o incluso intervenciones judiciales, lo que convierte el proceso en un camino más complejo en un momento ya de por sí difícil. A mi criterio existe un gran vacío legal el cual debería de tener su reglamentación.
Además, la herencia digital abre preguntas más profundas. ¿Qué pasa con las redes sociales? ¿Quién decide qué se mantiene y qué se borra? ¿Cómo se cuida la intimidad de quien ya no está?
En este nuevo escenario, la muerte ya no borra completamente la presencia de una persona. Su huella digital permanece en fotos, mensajes y recuerdos que siguen vivos en internet. Y entonces, la herencia deja de ser solo una cuestión de bienes para convertirse también en una cuestión de memoria.
Hablar de herencia digital no es hablar de tecnología fría. Es hablar de cuidado, de respeto y de amor por quienes quedan. Así como durante años aprendimos a ordenar papeles y cuentas, hoy también es importante empezar a pensar qué queremos que ocurra con nuestra vida digital.
Porque, en definitiva, organizar nuestra herencia —también la digital— es una forma de acompañar a los nuestros incluso cuando ya no estemos.
Dra Turiace Melina Tomo 92 Folio 408 CPACF
