Los Granaderos a Caballo —la misma unidad de élite forjada por el General San Martín en 1812— irrumpieron en el Círculo Militar y lo rodearon en un despliegue de gala. El Maestro Schejtman levantó su mano, y al influjo de su batuta se sumó a la lista de los pocos civiles de la historia que tuvieron el honor de dirigir a la histórica Fanfarria Militar —y hoy Guardia Presidencial— interpretando la Marcha de San Lorenzo: el himno oficial que nos recuerda el origen sagrado de la libertad.
Era noviembre de 2025, y aquella gala sellaba una travesía casi surreal: el rompehielos ARA Almirante Irízar partiría hacia la Antártida portando la primera escultura sonora del continente. En su interior viajaba La Magia di Vivere —obra sinfónica de Schejtman que lo llevó a ganar el Mundial de Música Clásica de Viena— destinada a la Base Esperanza. Allí, donde nació el primer ser humano del continente blanco, su pieza —grabada por la Orquesta Sinfónica Nacional— quedaría instalada para siempre, proyectando nuestra identidad desde el último confín del planeta.
Su trayectoria habita en la intersección exacta entre la ciencia y el alma. Mientras décadas atrás se recibía de Ingeniero, Schejtman desarrollaba ‘La Lógica Detrás de la Música’, un método de composición sistémico que atrajo el oído del mítico compositor de Hollywood: Lalo Schifrin. Al elegirlo como su primer coautor sinfónico, el hombre detrás de la legendaria partitura de ‘Misión Imposible’ validó una visión que hoy es patrimonio nacional: una sinfonía que compusieron juntos —dedicada a la Argentina— que la Presidencia de la Nación declaró de Interés Cultural.
En un atardecer de verano, mientras el sol teñía el horizonte, Gallaretas buscó conocer la historia detrás del Maestro Rod Schejtman.
¿Cómo comenzó todo?
Crecí en un hogar donde la música era el aire que respirábamos. Mi padre, Eduardo Schejtman —un extraordinario músico publicitario—, llenaba la casa con sus melodías en una época en la que los jingles se grababan con orquestas en vivo, y de chico me fascinaba pasar tardes en su estudio viendo cómo todo se armaba.
En el living de casa había un piano que nadie tocaba, y a los seis años insistí en tener mis primeras clases. Con el tiempo, mi formación se volcó hacia el jazz, por iniciativa de mi padre, que amaba ese mundo. Pero desde el primer momento me enamoré de Chopin, Rachmaninoff, Liszt: me sabía la historia y las fechas de cada una de mis piezas favoritas.
¿Desde chico sabía que quería ser compositor?
Desde siempre me atrajo el desafío de explorar aquello que me decían que era imposible. Y esa curiosidad por saber cómo funcionan las cosas, me llevó a estudiar ingeniería y música al mismo tiempo.
A pesar de ser dos carreras que parecen muy distantes, mientras avanzaba con el piano, mis profesores me hablaban de Mozart, Beethoven y los grandes compositores de la historia con una admiración casi mística. Y cuanto más me decían que ellos habían nacido con un talento especial irreproducible, y lo desafiante que era ser compositor; más crecía dentro de mí esa fascinación por querer convertirme en uno de ellos.
¿Cómo pasó de componer para piano a componer para cien músicos?
En ese camino por descubrir la lógica detrás de la música, comprendí que escribir una sinfonía se consideraba “El Everest de los compositores”: que pocos en la historia lo habían logrado, y que componer una de ellas requería dominar todas las disciplinas de la música. Esa imposibilidad me obsesionó durante años. Estudié tratados fuera de edición, reconstruí las genealogías de maestros y discípulos, y durante años estudié en silencio, decidido a encontrar una respuesta.
Pero, por sobre todo, descubrí que componer para piano era como pintar en blanco y negro; mientras que la orquesta sinfónica me permitía expresarme en cientos de colores.
La mayoría de la gente piensa que la ingeniería y la música son dos mundos muy distintos. ¿Qué conexión encuentra entre ambos?
Gran parte de mi vida sentí un profundo conflicto interno por tener dos pasiones, y la sensación constante de que debía elegir una. Años más tarde descubrí que grandes compositores como Alexander Borodín, quien también fue un químico de renombre, o César Cui, que era ingeniero militar, lograron realizar un aporte único precisamente gracias a esa combinación de dos mundos.
Sin embargo, mi guerra interna no terminó hasta que, en mi búsqueda por descifrar los secretos de los grandes compositores, me topé con el trabajo de los teóricos Hepokoski y Darcy. Tras analizar más de trescientas sinfonías de Mozart y Beethoven, llegaron a una conclusión que marcó un antes y un después para mí:
‘Una sinfonía es una mega obra de ingeniería: el equivalente a un puente sonoro que une dos abismos’.
¡Una obra de ingeniería! Fue una epifanía. Ahí comprendí que, como músico e ingeniero, mi perspectiva no era una contradicción, sino una herramienta para aportar algo único. En lo sinfónico encontré mi lugar: allí donde la complejidad técnica de cien músicos exige pensar la música como un sistema, y donde su riqueza me permitía expresar mi alma en la música.
Esa mentalidad lo llevó a ganar el Mundial de Música Clásica en Viena y a que el mítico Lalo Schifrin lo eligiera para componer una sinfonía dedicada a la Argentina. ¿Cuál piensa que es la misión de un compositor hoy en día?
Beethoven compuso la Eroica bajo las guerras napoleónicas; Shostakóvich escribió su Séptima en pleno sitio de Leningrado. Los compositores siempre han creado obras que son el reflejo de la realidad en la que viven. Esa es la diferencia fundamental: un músico interpreta belleza, pero un compositor interpreta su tiempo. La música tiene el poder de hacer lo que la política a veces no logra: unir, sanar y construir puentes donde antes solo había abismos.
Ese poder de «unir» se vio de forma tangible en el Teatro Colón, cuando le tocó improvisar frente al Cuerpo Diplomático en el Festejo por el Bicentenario entre el Reino Unido y Argentina.
Improvisar y componer en tiempo real es una tradición que se perdió. Los grandes maestros lo hacían: Mozart improvisaba fugas enteras frente a la corte, Beethoven era legendario por sus improvisaciones, Liszt desafiaba a otros pianistas a duelos de composición instantánea. Es un arte que exige dominar todas las herramientas de la composición en el momento. Y esa noche en el Teatro Colón fue un gran placer para mí regalar ese gesto a la Embajadora Kirsty Hayes.
Ella me dio la primera nota, en representación del Reino Unido. Luego, el Ministro de Justicia, Mariano Cúneo Libarona, me dio la segunda en representación de Argentina. Finalmente, Julio Aro, presidente de la Fundación No Me Olvides y principal impulsor del proceso de identificación de los soldados argentinos caídos en la Guerra de Malvinas, me proporcionó la última.
Empecé a tocar. Construí la tensión desde lo musical —esas tres notas tenían que dialogar, tenían que encontrarse, tenían que resolver algo que iba mucho más allá de la armonía—. Y cuando llegó la resolución, cuando las tres voces finalmente convergieron, hubo una gran emoción en toda la sala. Se me acercaron miembros de las fuerzas armadas de ambas naciones y ex combatientes que habían estado enfrentados, emocionados por la música. Y es que, en definitiva, la música es el lenguaje universal capaz de unir culturas y banderas.
¿Qué significó para usted dirigir al histórico Regimiento de Granaderos a Caballo?
Cuando me cedieron el mando para dirigir, sentí un honor inmenso. Estaba al frente del cuerpo de élite que creó San Martín, el mismo que forjó nuestra identidad como argentinos.
¿Qué significó para usted saber que su música representaría a la Argentina en la Antártida
La Antártida representa uno de los territorios más extremos e inhóspitos del planeta. Saber que mi música formaría parte de ese lugar, en la Base Esperanza, donde funciona el primer colegio de la Antártida y donde familias argentinas viven y educan a sus hijos en condiciones límite, le da a la obra un significado que trasciende lo artístico.
Esta posibilidad nació a partir de Sonitus Spes, una obra escultórica y sonora concebida por el visionario escultor Daniel Papaleo, que integra la música como parte esencial de su estructura, permitiendo que el sonido permanezca allí como una presencia permanente en el continente blanco. Ver la obra a bordo del rompehielos ARA Almirante Irízar, recorrer el buque y conocer a su tripulación fue una experiencia inolvidable…
Recientemente fue reconocido por la Sociedad Bach como una figura clave del mundo docto contemporáneo. ¿Qué significa para usted este reconocimiento?
Al mirar atrás, veo con gratitud a quienes me abrieron las primeras puertas: mi padre, que me puso frente al piano, y mi profesora, que vio en mí lo que yo aún no entendía. Sin ellos, no lo habría logrado. Así y todo, nada fue fácil. Fue una travesía profundamente solitaria. Detrás de los aplausos hay un esfuerzo inmenso y silencioso que solo uno conoce. Por eso, este honor de la Sociedad Bach no es solo un trofeo; es el abrazo a esos años de disciplina y esfuerzo.
¿Qué lo impulsa a seguir adelante en este camino y cómo ve el futuro de la música sinfónica?
En el fondo, mi meta nunca fue simplemente ser compositor, intérprete o ingeniero. Mi verdadera vocación siempre fue crear, y que mi aporte sea valioso al mundo. Muchos creen que en la música clásica ya está todo escrito; yo estoy convencido de que el futuro de la música sinfónica es un horizonte infinito.
FOTOS: Pablo Viviant
