De pronto te estás viendo en la misma mesa que Lilly Collins. En el corazón donde mostró sus dedos verdes la maestría de Giuseppe Valadier, en el Hotel de Russie, en su jardín renovado por el aclamado arquitecto Pietro Paolo Lateano, una reunión de trabajo de la quinta temporada de Emily que pasó de ser “in Paris” a “in Rome”, muestra al team francés creando un ejercicio seductor para con las empresas italianas. El escenario te distrae de las escenas y los parlamentos para las paredes rosadas y rojas del hotel, las balaustradas de travertino y las columnas de piedra que se desmoronan y marcan la ruta de las sinuosas escaleras, los tonos y pigmentaciones de estos materiales se mezclan maravillosamente con la vegetación circundante.
Ese deslizamiento casi imperceptible de la trama hacia el paisaje es parte del ADN de Emily in Paris, una serie que entendió desde su primera temporada que el vestuario, la arquitectura y la ciudad funcionan como personajes. Antes fue París, con su costado más fotogénico y aspiracional, cafés de postal, balcones de hierro forjado y una moda que dialogaba entre la tradición y el golpe de efecto. La capital francesa se convirtió, gracias a la serie, en un itinerario emocional, con recorridos diseñados para seguir los pasos de Emily Cooper entre barrios, boutiques y escenas que traspasaron la pantalla. Tours temáticos, mapas interactivos y experiencias guiadas replicaron ese París estilizado que la ficción amplificó y el turismo capitalizó con rapidez.
Roma aparece ahora como un giro natural y, al mismo tiempo, como un desafío. La ciudad eterna no necesita ser descubierta, pero sí reinterpretada. La serie lo hace desde una mirada contemporánea, donde la moda convive con capas de historia milenaria y donde el ritmo narrativo se adapta a una ciudad más intensa, más caótica y profundamente sensorial. Emily ya no camina únicamente para ser vista, se desplaza para mirar, para comprender un entramado urbano que combina ruinas, plazas vibrantes y arquitectura racionalista. El resultado es una Roma que no se ofrece como museo a cielo abierto, sino como escenario vivo de decisiones, romances y negociaciones.
Ese cambio de geografía también transforma la experiencia del espectador, que deja de ser un observador pasivo para convertirse en viajero potencial. Las locaciones romanas, desde fuentes barrocas hasta edificios icónicos del siglo XX, funcionan como invitaciones abiertas. El fenómeno que en París impulsó recorridos por el Marais o el Quartier Latin, hoy se traslada a colinas con vistas panorámicas, barrios con identidad propia y rincones menos evidentes que despiertan curiosidad. Emily in Paris, ahora en clave romana, confirma su capacidad para anticipar deseos y marcar rutas, demostrando que cuando la ficción se cruza con el diseño, la moda y la ciudad, el viaje empieza mucho antes de hacer la valija.
Roma como pasarela urbana
Si París funcionaba como una coreografía estudiada, Roma se impone como un movimiento más visceral. Emily in Paris decide correr el eje desde la postal conocida hacia una experiencia urbana que se vive a escala humana, caminada, observada y, muchas veces, improvisada. Las locaciones elegidas construyen un mapa que combina hitos reconocibles con zonas menos transitadas, invitando a mirar la ciudad con otra cadencia. La Plaza de España y la Fontana di Trevi aparecen como gestos inevitables, pero la cámara se detiene en detalles, en la forma en que el mármol envejecido dialoga con la moda contemporánea, en cómo un vestido audaz encuentra su contrapunto en una cornisa barroca.
El relato se expande hacia el barrio judío, donde la Fontana delle Tartarughe ofrece un momento suspendido, casi íntimo. Allí, la música y el agua generan una escena que escapa al ruido turístico y revela una Roma más silenciosa, más emocional. La serie entiende que el verdadero lujo está en descubrir esos espacios que no gritan su importancia, pero la sostienen desde hace siglos. Esa lógica se repite en el Gianicolo, una colina que regala algunas de las mejores vistas de la ciudad. Desde allí, Roma se muestra completa, extendida, monumental y frágil a la vez. El ritual del cañón del mediodía, incorporado al recorrido, aporta una dimensión casi secreta, un gesto cotidiano que pocos visitantes conocen y que la serie transforma en experiencia.
La velocidad aparece en los recorridos en Vespa, atravesando el Foro Romano y los Mercados de Trajano. Las ruinas dejan de ser fondo histórico para convertirse en escenario dinámico, atravesado por movimiento, risas y conversaciones que mezclan pasado y presente. El Coliseo y el Arco de Constantino no se presentan como monumentos solemnes, sino como parte de una ciudad que sigue funcionando alrededor de ellos, integrados a la vida diaria. Esa mirada descontracturada redefine la forma de recorrer Roma y despierta un nuevo tipo de turismo, menos ceremonial y más narrativo.
El guion también se permite un desvío hacia lo ficticio con Solitano, un pueblo imaginario que en realidad se filma en Ostia Antica. Allí, las ruinas del antiguo puerto romano construyen una atmósfera suspendida en el tiempo. El espectador descubre un sitio real, a pocos kilómetros de la ciudad, que se vuelve alternativa concreta para quienes buscan ampliar su experiencia más allá del centro histórico. Emily in Paris logra así algo poco frecuente, convertir locaciones en relatos y recorridos en deseos, demostrando que viajar también puede ser una forma de seguir una historia.
La hospitalidad como escena
En Roma, los hoteles dejan de ser meros lugares de paso para convertirse en parte activa del relato. Emily in Paris entiende que la experiencia urbana también se construye puertas adentro y elige locaciones que condensan historia, diseño y una idea muy precisa de lujo contemporáneo. El Hotel Eden, integrante de la Dorchester Collection, funciona como base romana de Emily. A pocos pasos de la escalinata de la Plaza de España, este clásico fundado en 1889 combina una elegancia sin estridencias con vistas que parecen pensadas para detener el tiempo. Su rooftop, La Terrazza, se vuelve escenario de desayunos estratégicos donde la ciudad se despliega como telón de fondo y refuerza esa sensación de estar participando de algo exclusivo, casi íntimo.
Otra parada clave es el Hotel de Russie, con su jardín secreto diseñado por Valadier y reinterpretado en clave contemporánea. Allí, la arquitectura dialoga con la vegetación y crea una atmósfera que sintetiza la sofisticación romana sin solemnidad. Las escenas rodadas en sus espacios comunes refuerzan una idea de encuentro, de negociación elegante, donde el diseño acompaña sin imponerse. En esa misma línea aparece el Orient Express La Minerva, punto de reunión del equipo de Agence Grateau. Su ubicación estratégica y su impronta clásica resignificada lo convierten en un nodo narrativo donde las tramas se cruzan y se redefinen.
La serie también se permite escapadas que amplían el mapa hotelero más allá del centro histórico. La Posta Vecchia, frente al mar Mediterráneo, aporta una dimensión distinta, casi cinematográfica en sí misma. Antigua residencia imperial, luego villa aristocrática y más tarde refugio de Jean Paul Getty, hoy es un hotel donde las capas del pasado conviven con una hospitalidad curada al detalle. Allí, el lujo se expresa en el silencio, en las piezas arqueológicas integradas al espacio y en una relación directa con el paisaje.
A este universo se suma la propuesta de Minor Hotels, que capitaliza el fenómeno Emily in Rome con experiencias diseñadas para viajeros que buscan algo más que alojamiento. En Roma, nhow Roma propone recorridos en Vespa con paradas cuidadosamente orquestadas, paseos urbanos alternativos en Fiat 500 eléctricos y clases de cocina que conectan con la cultura local desde el hacer. No se trata de replicar escenas, sino de vivir el espíritu de la serie a través de experiencias que mezclan juego, estética y autenticidad. Así, la hospitalidad se transforma en narrativa y confirma que, en esta Roma de ficción y realidad, dormir también es una forma de viajar.
Flavia Tomaello
