Heredar más allá de las fronteras

En los últimos años, cada vez más personas tienen parte de su patrimonio fuera del país: una cuenta abierta en el extranjero, un departamento comprado como inversión, acciones, empresas o incluso activos digitales. Mientras todo está en orden, parece un dato menor. Pero cuando alguien fallece, ese “detalle” puede transformarse en un problema serio para quienes quedan. Se mezclan los trámites judiciales con las emociones del duelo.

La mayoría de las familias cree que con iniciar una sucesión en Argentina alcanza. Y ahí aparece la primera sorpresa: los bienes que están fuera del país se rigen por la ley del país donde se encuentran. Eso significa que muchas veces no hay un solo trámite, sino dos. Dos sistemas legales. Dos tiempos. Dos costos. Y una familia que, además de despedir a un ser querido, tiene que aprender a moverse en un laberinto jurídico que nunca eligió.

En la práctica, los conflictos se repiten: bancos que no liberan fondos, herederos viviendo en distintos países, papeles que no aparecen, testamentos que no coinciden, bienes cuya existencia recién se descubre después del fallecimiento. Lo que podría haber sido un proceso ordenado se convierte en una fuente de discusiones, sospechas y desgaste emocional.

A eso se suma un dato que pocas veces se tiene en cuenta: en muchos países existe impuesto a la herencia. Lo que parecía una seguridad económica para los hijos o el cónyuge puede reducirse considerablemente entre tributos y gastos.

Frente a este escenario, el testamento aparece como una posible solución. Pero no siempre alcanza. Si no fue pensado para tener efectos en otros países, puede terminar siendo inútil o generando más conflictos de los que intenta evitar.

Por eso, cuando hay bienes en el exterior, la palabra clave es planificación. No como un acto frío o meramente legal, sino como un gesto de cuidado. Ordenar papeles, dejar claras las decisiones, anticipar escenarios posibles. No para pensar en la muerte, sino para proteger a quienes van a tener que seguir adelante.

Planificar una herencia no es desconfiar de la familia. Es evitar discusiones. No es pesimismo. Es previsión. No es un trámite más. Es una forma concreta de amor.

Tal vez no podamos elegir cuándo se va a dar una pérdida, pero sí podemos decidir qué tan difícil será el camino para quienes quedan. Y en un mundo donde el patrimonio ya no conoce fronteras, pensar la sucesión con anticipación es, también, una manera de acompañar.

Dra. Turiace Melina

Tomo 92, Folio 408 CPACF