Rodrigo Cobos nació en una familia de modestos recursos, sin embargo, sus padres hicieron todo lo posible para asegurarle un futuro profesional, aunque a él le “tiraba” la pelota. Siguió los designios de sus padres, mientras descartaba la idea de vincularse al fútbol. En tanto, fue creciendo la idea de salir a navegar mundo. Hoy es el responsable del gift shop del Museo de la FIFA.
Hay vidas que parecen escritas con la tinta de lo improbable. Caminos que empiezan en pueblos donde la siesta domina el ritmo, donde la pelota rebota contra las paredes de piedra y el eco queda flotando en la calle vacía, y terminan en escenarios que parecían reservados para otros. Un muchacho que se crio jugando a la pelota en las sierras de Córdoba y que, sin proponérselo del todo, un día despertó en Zúrich con las llaves de un tesoro: la tienda que custodia los objetos más codiciados por los fanáticos del fútbol.
“Nací en Córdoba y mi infancia estuvo dividida entre dos pueblitos muy pequeños —cuenta Rodrigo—. La primera parte la pasé en Los Cocos y la segunda en La Cumbre, donde terminé la infancia y pasé la adolescencia”. Sus recuerdos se dibujan entre calles de tierra, tardes interminables y la complicidad de los amigos de barrio, casi todos unidos por el mismo amor: una pelota que nunca faltaba. “Éramos una familia donde no sobraban los lujos, pero siempre había una pelota de fútbol, y ese fue mi juguete y compañero favorito”.
La suya fue una familia de clase media noventosa, en la que el orden y el sacrificio marcaban el pulso diario. Su padre, Walter, era policía: “un tipo muy correcto, con cara de serio y mucho respeto de los demás, pero sensible puertas adentro”. Su madre, Ana, trabajaba en un hotel de la zona hasta que se dedicó de lleno a cuidar a sus hijos. En casa eran tres: Christian, el mayor, inquieto y autodidacta; Lourdes, la menor, intensa y futbolera; y Rodrigo, el hijo del medio, que aprendió pronto a hacer equilibrio entre los otros dos.
En esa geografía serrana, donde todos se conocían y las amistades se forjaban al calor de un picado, Rodrigo empezó a destacarse. “En el pueblo se me conocía un poco por cómo jugaba, hasta tuve varias chances de ir a probarme en clubes, pero mis padres nunca apoyaron esa idea. En aquellos tiempos todo era plata, nunca pude tomar una de esas oportunidades. Quizás sea una de las espinas que me quedaron en la vida”.
Su adolescencia fue la de un chico sano, entre guitarras, charlas y la pelota que seguía siendo excusa y refugio. “No tomaba alcohol, me cuidaba bastante. Lo nuestro eran las vueltas por el centro, los partidos improvisados o las juntadas en casa de algún amigo”.
Pero había algo más latiendo adentro: las ganas de mirar más allá del horizonte de las sierras. “Dentro de mí siempre estuvo el deseo de viajar y conocer. Siempre me sentí muy independiente y preparado para salir y ver algo nuevo”. Los planes de estudiar psicología quedaron a medio camino; lo que vino fue una carrera corta en la que se recibió de martillero y corredor público. Sus padres lo alentaban a elegir “el camino seguro”. Él obedeció, aunque en su interior el fútbol y la aventura seguían jugando su propio partido.
Un encuentro casual cambiaría el rumbo. La noche anterior a comenzar el último semestre de estudios, en un boliche de Córdoba, conoció a una joven suiza que había viajado para aprender español. Lo que empezó como una conversación para matar el tiempo terminó convirtiéndose en una relación a distancia que lo llevó a cuestionar su destino. En esa espera, Rodrigo empezó a ahorrar, se mudó a un hostel donde ayudaba en las tareas para no pagar estadía y convivió con estudiantes de todas partes del mundo. “Fue ahí donde aprendí inglés por necesidad, en pocos meses ya podía comunicarme con fluidez”.
La chispa de lo inesperado había encendido su ruta. El viaje que no se animó a hacer antes de empezar la universidad ahora se transformaba en una decisión de vida. Así, en 2013, el chico de las sierras cordobesas que había pateado miles de veces la misma pelota en la calle, hacía su valija y se subía a un avión rumbo a Suiza.
El salto al otro lado del mundo
La decisión de dejarlo todo no fue un plan calculado sino un salto al vacío, de esos que nacen más del corazón que de la razón. Rodrigo lo recuerda con una claridad que todavía lo estremece: “La noche anterior al inicio de mi último semestre me encontré con un amigo, salimos a un boliche y ahí conocí a una chica suiza. Pegamos onda enseguida y seguimos en contacto. Cuando volvió a su país, la relación a distancia nos fue empujando a pensar en vernos de nuevo”.
Lo que parecía un romance pasajero se convirtió en la bisagra de su vida. Rodrigo se encontró a sí mismo tomando decisiones que nunca había imaginado. Empezó a ahorrar cada peso posible, dejó la comodidad de su casa para mudarse a un hostel donde trabajaba a cambio de alojamiento, y entre mochilas y charlas nocturnas con viajeros, aprendió inglés. “Hasta ese momento lo veía imposible, pero la necesidad es el motor más potente. En pocos meses ya me podía comunicar”.
Los viajes entre Córdoba y Suiza se repitieron algunas veces hasta que llegó la pregunta inevitable: ¿dónde iban a construir un futuro juntos? Con la Argentina asfixiada por la incertidumbre y el atractivo de la estabilidad helvética, la respuesta se fue dibujando sola.
El 2013 lo encontró con la decisión tomada. “Se lo conté a mi familia el día de mi cumpleaños, apenas dos semanas antes de irme. Algunos se sorprendieron, otros ya lo intuían. Aterrizar en Zúrich fue sentir que se abría un mundo nuevo”.
Los primeros meses fueron un torbellino de descubrimientos. Ciudades de postal, viajes que parecían sueños, un entorno cultural distinto y la sensación de estar en un lugar que podía ser suyo. Pero pronto llegó la otra cara de la moneda: la rutina, el idioma imposible, el desarraigo. “Sentís que tenés dos hogares y a la vez que no pertenecés a ninguno. Extrañaba la chispa del humor argentino, sobre todo el cordobés”.
El idioma fue la primera muralla. Aunque su inglés le abría algunas puertas, el alemán era condición para avanzar. Rodrigo se zambulló en cursos intensivos, peleando no solo contra la gramática, sino contra un dialecto suizo que parecía otro idioma. “Era como querer aprender español viviendo en Italia: parecido, pero diferente. Y encima, cuando intentaba practicar en la calle, me contestaban en inglés. Es su forma de vivir, no pierden tiempo”.
El fútbol volvió a aparecer como salvavidas. Entre entrenamientos y torneos con un equipo de compañía, logró tejer amistades y sentir algo parecido a pertenecer. Y un día llegó la primera oportunidad laboral: un puesto en el aeropuerto de Zúrich, donde su español y su inglés eran tan útiles como el alemán que todavía tanteaba. “Ese trabajo me abrió un nuevo círculo de amigos, todos inmigrantes con historias similares. Fue el primer paso para sentir que podía hacer mi vida acá”.
De ese aeropuerto partirían nuevas aventuras: un viaje soñado desde Tierra del Fuego hasta México, y un segundo período laboral en Suiza, esta vez bajo la marca Lindt. Pero lo que parecía un camino sólido pronto le mostraría un nuevo giro.
Entre camisetas históricas y montañas suizas
Después de algunos años en el aeropuerto y en la empresa de chocolates, Rodrigo sintió que era tiempo de un cambio. La rutina había empezado a pesar y la motivación se desvanecía. Entonces apareció una oportunidad inesperada: el Museo de la FIFA. “La posición era como supervisor en la parte comercial. Nunca había trabajado en esa área en Suiza, pensé que podía ser un impedimento, pero como buen cordobés caradura, mandé mi currículum y esperé lo mejor”.
La espera fue larga y, cuando ya había perdido las esperanzas, llegó la llamada. Una entrevista telefónica, luego otra presencial, y en septiembre de 2022 comenzó su vida en un lugar soñado para cualquier amante del fútbol. “Era un periodo especial, a dos meses del inicio del Mundial. Vivirlo acá, como argentino, fue increíble. Es algo que no me voy a olvidar nunca”.
Hoy es responsable del gift shop, donde la pasión se traduce en merchandising oficial: camisetas históricas, pelotas que recorrieron mundiales, recuerdos que despiertan la emoción de visitantes de todas partes del planeta. “Nuestro equipo es pequeño, hacemos de todo: atención al cliente, depósito, control de cuentas, selección de productos. Y lo mejor es que todos compartimos la misma pasión por el fútbol. No hay mejor lugar para trabajar que acá, todos los días paso frente a la Copa del Mundo”.
En ese espacio único, donde conviven reliquias del pasado y leyendas vivas, también late la ilusión infantil de quien alguna vez soñó con ser futbolista. “Todavía tengo la esperanza de que un día pase Messi por el museo. Aunque tengo 34 años, sigo siendo un nene cuando pienso en eso”.
Fuera de las vitrinas, la vida en Zúrich le enseñó otra disciplina. Un ritmo medido, horarios estrictos, calma en las calles y trenes que se disculpan si llegan un minuto tarde. “Acá no hay tiempo para perder. Los locales cierran a las siete de la tarde y la vida se organiza con semanas de anticipación. La espontaneidad del argentino es lo que más extraño”.
Vive en Winterthur, una ciudad a veinte minutos en tren, donde empieza su rutina a las cinco y media de la mañana. Gimnasio, trabajo, y entre semana el tiempo se reparte entre su hijo, sus amigos —en su mayoría latinoamericanos— y su pareja actual, que llegó a su vida en un momento difícil. “Lo más duro del proceso de emigrar es el desarraigo. Duele saber que siempre vas a ser el ausente en cada juntada, en cada cumpleaños. Y duele también cuando la vida en Argentina sigue, aunque vos estés a miles de kilómetros”.
Pero al mismo tiempo, la prolijidad de Suiza, sus paisajes de montañas, la seguridad y la posibilidad de crecer profesionalmente le dieron una nueva perspectiva. “Argentina está muchos pasos atrás en transporte, educación, limpieza. Acá si el tren se retrasa un minuto, avisan y la gente se estresa. Esa organización, por más que a veces me cueste, es lo que sostiene la vida”.
El fútbol, los afectos y los paisajes alpinos sostienen la vida de Rodrigo en Zúrich. Y aunque sus raíces siguen estando en Córdoba, su presente está hecho de camisetas, recuerdos mundialistas y turistas que llegan de todos los rincones a llevarse un pedazo de historia. “Lo que más extraño de Argentina es la gente, la naturalidad, la espontaneidad. Allá te cambia el día un saludo, un chiste, un mate compartido. Esa es la esencia que me llevo siempre conmigo”.
Flavia Tomaello
