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Tiempos de COVID y la odisea del intercambio estudiantil

TIEMPOS DE COVID Y LA ODISEA DEL INTERCAMBIO ESTUDIANTIL

El viaje de estudiantes es una experiencia soñada por gran parte de los alumnos universitarios. Es una oportunidad para adentrarse en nuevas culturas, aprender otros idiomas, conocer gente de distintos países y viajar. Así es como todos los años, miles de chicos de nuestro país se inscriben con anticipación para iniciar los trámites del traslado y vivir una aventura durante un cuatrimestre en alguna ciudad lejana.

Sin embargo, el 2020 llegó y el mundo se vio inmerso en un escenario imprevisto, desatado por la pandemia del Covid-19, y de un día para el otro, los planes del tan esperado intercambio fueron derrumbados. Algunos, no llegaron a salir de Argentina ya que sus viajes fueron suspendidos por el cierre de las fronteras. Otros, pudieron disfrutar unos pocos días o semanas del viaje, hasta que la tormenta se desató y corrieron la fortuna de volver a sus familias en los vuelos de repatriados. Por el contrario, otros tantos quedaron varados en una ciudad desconocida donde debieron enfrentar el aislamiento social lejos de sus casas.

Tal fue el caso de Josefina Sánchez Gamboa y de Mercedes Urtubey, dos jóvenes estudiantes que partieron con el corazón en mano y bajo la ilusión de vivir una experiencia única, pero lo impensable ocurrió. El coronavirus empezó a tomar las distintas ciudades, y en tan sólo días, todo el continente europeo se encontró en cuarentena total. Desde Gallaretas, charlamos con las chicas, quienes nos contaron sus experiencias con lujo de detalle.

Primera travesía: De Milán a San Sebastián

Josefina, alumna de la Universidad del Salvador, llegó el 7 de febrero a la ciudad de Milán para realizar el intercambio durante los siguientes cinco meses. Las primeras tres semanas transcurrieron según lo pensado: se hizo amiga de un grupo de españoles, y conoció a su compañera de habitación, con quién sacó pasaje para recorrer distintas ciudades europeas.

Josefina en Milán.

Pero, el 21 de febrero las autoridades reportaron a un hombre de treinta y ocho años de Codogno, una ciudad a 60 kilómetros de Milán, que padecía coronavirus. Desde la aparición de los primeros casos en el país, la situación se deterioró rápidamente. Cerca de la fecha, Josefina recibió un aviso por parte de la Universita del Sacro Cuore, que confirmaba la postergación del inicio de clases; ya el segundo mail que ingresó en su casilla de correo, oficializaba la suspensión de clases de manera definitiva.

Paralelamente, el gobierno argentino decretó el aislamiento social obligatorio, y las clases de las escuelas y universidades debieron trasladarse al mundo online. Ante esta situación, se le abrieron dos posibilidades: continuar con el intercambio o volver a cursar con sus compañeros de Argentina, en ambos casos de forma virtual. Pero la primera opción le costaba el alojamiento, y cinco materias que no eran equivalentes con el plan de estudios de la carrera, por lo que optó por la segunda alternativa.

Josefina ya tenía sacados los pasajes para conocer dos de las ciudades más importantes del continente. Los vuelos eran low cost, y para evitar el gasto extra del equipaje, dejó sus valijas en Milán, en la casa de una conocida. Primero, iría tres días a Londres, y luego dos días a París para regresar a destino, agarrar sus maletas, y después, volar a España dónde se quedaría a vivir junto a dos amigas.

Si hay algo que quedó claro con el Covid-19, es que la vida nos puede sorprender en los momentos más impensados. De un día para el otro, las fronteras italianas se cerraron y las valijas de Josefina quedaron atrapadas en aquel país. Ante esta situación, sacó un pasaje de París a España, y en unas pocas horas ya se encontraba en San Sebastián, una localidad al norte del país, perteneciente al País Vasco, con sus dos amigas. Durante los primeros cinco días la ciudad desconoció la existencia del coronavirus, pero nada pudo evitar la rápida propagación de la enfermedad, y el 15 de marzo se decretó la cuarentena obligatoria.

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San Sebastián.

En esa fecha Josefina inició el aislamiento, llena de incertidumbre, en un departamento con apenas un balcón, lejos de su familia y despojada de todos sus bienes, pero con la compañía de Rocío, una amiga que pronto se convertiría en una hermana.

Los días de encierro empezaban a sentirse, las dos estaban atareadas con deberes de la facultad y debían turnarse para usar la única computadora que tenían, porque la de Jose había quedado abandonada en Milán. Sus emociones vacilaban en cada segundo y con cada noticia, por eso, decidió tomar distancia de los medios de comunicación. Nunca perdió el contacto con sus amigos y parientes, pero a pesar de estar atravesando un torbellino emocional, prefirió mostrarse fuerte ante sus padres, ya era lo “suficientemente difícil” tenerla lejos en medio de este acontecimiento, y no quería sumarles una angustia más.

Con el tiempo, fue aprendiendo a vivir con el gran caudal de emociones que la atravesaban, y a dejarse llevar por el presente. Llega un punto en el que hay que “dejarse llevar por Dios y por la vida, entregado a que lo que pase va a ser lo mejor. En la vida hay giros repentinos y está en uno crear algo nuevo con eso”, reflexiona, “no se puede ir en contra del virus, tenemos que aprender a vivir con él, como en cualquier otra situación en la que no se puede ir en contra de lo que está pasando. Si vas en contra, el único que pierde sos vos, porque el mundo es mucho más poderoso que uno mismo”.

De manera escalonada las distintas actividades y servicios se fueron liberando: primero los supermercados, después las salidas recreativas, hasta que los bares fueron habilitados, particularmente aquellos con un sector al aire libre. Así es como los residentes empezaron a acomodarse a una nueva normalidad, con barbijos, alcohol en gel y distanciamiento social. Aún hay una gran cantidad de ciudadanos que no empezaron a trabajar, San Sebastián es una ciudad cuya principal actividad económica es el turismo, y sabemos que será uno de los últimos sectores en reincorporarse.

Nunca hay que dejar de soñar, remarca. “Había puesto mi felicidad en un intercambio, y cuando se cayó, se vino abajo mi alegría. Nunca fui una persona muy materialista, pero en ese momento sentía que estaba tocando el cielo con las manos. Por eso es imprescindible no poner tu felicidad en manos de algo material. Desde el primer día estoy diciendo: “bueno no es la aventura que quería, pero vamos a escribir una nueva”.

Segunda travesía: En el ojo de la cultura parisina

Mercedes, estudiante de la Universidad Austral, viajó a París el 22 de enero con la ilusión de insertarse en la cultura francesa, y afrontar el desafío de vivir sola. En su llegada, se encontró con el bullicio del núcleo urbano, inundado de la vida de los autos, las bicicletas y las motos que circulaban por sus calles.

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Mercedes en París.

“Es escandalosa. Por eso, cuando empezó el confinamiento me era imposible pensar en que esa París volviera a existir, parecía imposible”, expresa. La ciudad parisina es considerada como la capital de las artes, a lo largo de la historia siempre ha sido un lugar de encuentro cultural, de ferias y festivales. Con sus museos, bibliotecas y teatros nos traslada en el tiempo. Parecía impensado que semejante ciudad se convirtiera en un desierto desolado.

Oficialmente, los primeros casos en la capital francesa surgieron el 24 de enero sobre tres personas: un francés de origen chino que había estado en Wuhan, y una pareja china. Rápidamente el virus se fue propagando hasta tomar el país entero, y el 16 de marzo, Macron anunció el confinamiento total de casi todos los ciudadanos.

 “Me resuenan ahora las palabras del primer discurso con el que empezó todo, con un largo preámbulo hasta que llegó a la parte que todos queríamos escuchar: “Les crèches, les écoles, les collèges, les lycées et les universités seront fermés” (“Las guarderías, las escuelas, los colegios, iceos y las universidades se cerrarán”). Lo dijo pausadamente, y marcó el punto final de la oración agachando la cabeza”, recuerda Mercedes.  “Yo en ese momento sentía una adrenalina que me tomaba entera: estaba sola en un país cuya lengua todavía me era imposible, no iba poder volver a la universidad ni a trabajar de niñera; no entendía hasta dónde llegaban las medidas; mi familia y amigos en Argentina me preguntaban si estaba bien, más con una cierta intriga porque estaba “en el epicentro” que, con verdadera preocupación, como si a ellos nunca les fuera a llegar. No tuve miedo en ese momento, creo que nunca lo tuve, pero sí me doy cuenta ahora de que el temor a contagiarse se iba metiendo en mi cabeza”.

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Al día siguiente fue al supermercado, donde la abrumó el silencio. Todo estaba desordenado y las personas compraban de manera automática, rápida y desesperada. “Creo que ahí fue cuando, de alguna manera, vi el pánico. Y recién empezaba todo”, asevera.

Enseguida hizo los trámites con la Cancillería para anotarse en los vuelos de repatriación, simplemente para tener la seguridad de que en algún momento iba a poder volver a su país, aunque en ningún momento sintió la necesidad de regresar. Así empezó a vivir el aislamiento con tranquilidad, disfrutando el tiempo en soledad. Las pocas personas que conocía se iban yendo, pero Mercedes se decía a sí misma: “Esto es justamente lo que quería, de alguna cínica forma: vivir profundamente la cultura de otro país, sus tiempos, secretos y lugares escondidos”, esa era mi expectativa. Sentía que era parte de ese “tous ensemble”. Reconoce que no hubo un día en el que no haya extrañado su hogar y sus costumbres, pero de todas formas también se sintió “parisina”.

Mercedes disfruta su tiempo sumergida en las páginas del libro Rayuela de Julio Cortázar cuya historia se desarrolla en París, y las palabras resuenan en su mente y por un instante pareciera que el mismo autor estuviera describiendo sus emociones. El fragmento decía así: “Oliveira cebó otro mate. Había que cuidar la yerba, en París costaba quinientos francos el kilo en las farmacias y era una yerba perfectamente asquerosa (…) ‘Si se me acaba la yerba estoy frito’, pensó Oliveira. ‘Mi único diálogo verdadero es con este jarrito verde’. Estudiaba el comportamiento del mate, la respiración de la yerba flagrantemente levantada por el agua y que con la succión baja hasta posarse sobre sí misma, perdido todo brillo y todo perfume a menos que un chorrito de agua la estimule de nuevo, pulmón argentino de repuesto para solitarios y tristes”. Así se sentía ella, conversando a distancia con un mate, con ganas de abrazar a alguien.

El lunes 12 de mayo el ruido y el movimiento de París volvieron a la normalidad tras el levantamiento de la cuarentena. Sin ninguna certeza con respecto al futuro, Mercedes agradece no haberse vuelto, “aprendí a autoabastecerme y esa era un poco mi expectativa”, asegura. Volvió a caminar por las mismas calles una y otra vez, consiguió un trabajo nuevo y empezó a planear, algo que hasta hace dos meses era impensable: “Volví a tener esperanza. Aprendí que hay cosas que yo menospreciaba pero que son importantes, como la cortesía, los buenos modos y hacer algo cada día”.

Por Cata Mirás

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