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Niños del mundo: un paso adelante

Por Natalia PigliapocoPsicoanalista (MN: 58095)

Después del shock inicial y de 80 largos días en aislamiento, de haber superado a medias ya la etapa de resignación, miramos al futuro con recelo, pero con mucho de esperanza. La vida en casa ha sido como una montaña rusa, llena de altibajos constantes, noticias desquiciantes y gente querida afectada por esta situación extraordinaria que nos ha tocado vivir.

Niños del mundo: un paso adelante

Le hemos sumado a esta ecuación convivir con nuestros niños. Niños que han tenido que hacer esa cosa llamada “homeschooling” mientras nosotros tratábamos de organizar nuestro caos laboral y pasarle alcohol en gel a los paquetes de galletitas. Trabajar, estudiar, no salir y coincidir ha hecho que cambien muchas cosas, estructurales y vitales. Nuestros hogares han mutado, los espacios han cobrado una nueva vida. Comedores que son cuartos de juego, cuartos de juego que son oficinas, bicicletas fijas y cuevas construidas de cartón y sabanas tomaron el protagonismo en nuestras salas.

En este nuevo orden existencial, ellos, nuestros niños se han convertido en los actores principales. Al principio, sin lugar a dudas, todo fue un colapso. Un torbellino que no dejaba nada en pie por dónde pasaba, y no digo nada nuevo, cuando aseguro que el encierro los salpicó y mucho. Los hermanos se transformaron en una especie de Tom y Jerry de la nueva era, los hijos únicos en una demanda full time de entretenimiento “a la carta” y nosotros en malabaristas caricaturescos dejando más platos caer que los que podíamos atajar.

Niños del mundo: un paso adelante

Todo se “familiarizó”. De un día para otro todo se produce, se reproduce y se sostiene en la esfera privada del hogar: el colegio, el trabajo, la terapia, las videollamadas con amigos, los jueguitos, las series de Netflix y de abdominales. Aquellos “chinos” que hacíamos un poco adentro y un poco afuera pasaron a estar encapsulados, potenciados y concentrados en nuestros livings.

Y de pronto, como una especie de rayo de Zeus, nos atravesó una alarma: “si las clases presenciales se cancelan por el resto del calendario, nuestros hijos perderían meses, quizás años, incluso nunca podrían recuperar… ¿QUÉ? Muchos padres empezamos a preocuparnos por el impacto que tendría esta pandemia en la educación de los niños. “Nuestros retoños se atrasan”, empezamos a repetir despavoridos y esta frase se multiplico hasta el cansancio en los chats del cole, de mamis, de papis como si fuera aún más terrible que el mismísimo virus. No seré tan necia de negar lo que sin dudas es verdad, ellos podrán “atrasarse” en lo que a una educación áulica se refiere, pero que tal si…

Esta sea una generación de niños “avanzados”. Podríamos pensar a su favor, que será una generación de niños más empáticos, con un disfrute mayor en la conexión familiar, creativos y grandes disfrutadores de las cosas simples. Cocinar en familia, una lectura, jugar en el patio o en el pequeño balcón. Quizás sepan hacerse valer más y aprendan a vivir con menos. Gocen de poder compartir las pequeñas cosas con aquellos que aman y rescaten el beneficio de una vida mucha más pausada y sencilla.

Niños del mundo: un paso adelante

Elijo pensar que son ellos los que vienen a mostrarle a esta generación de transición que somos, el inminente choque entre los actuales paradigmas y los arcaicos, y nos incentiven a crear, entre todos, uno nuevo. En nuestra vida prepandemia, tan abundante como apurada, tan plena de estímulos y tentaciones, el solo ponernos a pensar en austeridad era una odisea.

La fantasía se nos hizo cada vez menos fecunda. Estábamos pipones de vínculos, de cafecitos, de salidas aventureras, de visitas inesperadas que frente a tanta oferta no las valoramos. Y ahora, como en cualquier regla de mercado, cuando hay escasez sube el precio. ¿Cuánto daríamos por un abrazo de papá, por jugar con nuestros sobrinos o festejar un cumpleaños como Dios manda?

Y ahí estaban ellos, dispuestos a facilitarnos su mundo interno. Tan frondoso y verde y oxigenado. Y nos invitaron a deconstruirnos juntos y volver a mirar todo con ojos de niños. Se convirtieron en el espejo de aquellos que alguna vez supimos ser. Nos llevaron de la mano a sumergirnos en las aguas de nuestra niñez. A centrarnos en la esencia de las cosas y las personas. A no quedarnos en la capa externa, en la corteza, por no ser capaces de dedicar tiempo para descubrir cuál es el verdadero valor que poseen. Nuestros niños se burlaron de los números, porque supieron comprender la vida, mientras nosotros nos la pasamos contando días.

Nos pusieron de cara a la realidad y nos hicieron recordar que las crisis de la vida pueden venir en tantas, tantísimas presentaciones y que la verdadera fuerza está adentro nuestro. Así, como cuando se caen de la bicicleta y se levantan con una sonrisa para volver a intentarlo, así nos demostraron que debíamos pararnos frente a esto.  Que las noticias feas generan un movimiento muy poderoso que es el honrar lo que sí hay, lo que sí se tiene, lo que hemos logrado. Que, como dice El Principito: “no se puede llegar muy lejos solo caminando hacia adelante”, debemos detenernos a mirar atrás para ver de dónde venimos y qué hemos hecho, porque allí esté la clave de cómo hemos crecido. 

Por todo lo pensado, repregunto mis queridos: ¿Qué tal si en verdad no están atrasados, sino un paso adelante? 

 

CONTACTO:

lic.pigliapoconatalia@gmail.com 

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