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El pintor de la esquina


Generar contacto con las personas, aproximar el arte a la gente, reformular las pautas comunicacionales y culturales, son prioridades de este reconocido pintor y vecino de Benavídez. Instalado en su local de Palermo, sobre Cabrera esquina Humboldt, Milo Lockett recibe a los visitantes para conversar, conocerse, generar un verdadero encuentro. Fiel a su estilo, se traslada con su arte a todos lados, celebra la posibilidad de mostrar algo que, para él, es un gusto, un ejercicio de todos los días.
Llegó a esta zona seducido por un local en la calle Mendoza, de Maschwitz, y luego de concretar este proyecto, decidió, además, venirse a vivir para este lado. En su dulce hogar tigrense montó un taller, pero generalmente no lo utiliza: “No quiero ser invasivo, trato que la casa sea la casa y que se la adueñen los chicos”. Si bien trabaja diariamente en Capital, también le pone fichas al barrio y planea abrir el año que viene una escuela-taller ubicada en el complejo Vila Terra.
Milo es un pintor de la simpleza, el amor, el asombro y las maravillas de todos los días. Asimismo, es un maestro generoso, interesado en abrir el juego: transmitir, compartir y enseñarlo todo: “Apuesto a la educación por el arte, a potenciar lo que trae cada uno”.
Sos artista y es una prioridad para vos estar comunicado, en contacto con la gente. ¿Por qué?
Creo que pensamos el arte de una manera muy arcaica. Hay algo que no todos tienen en cuenta: el fenómeno de las redes sociales, y la transformación cultural tan fuerte que produjo en nosotros. Esto ocurrió en los últimos veinte años y todavía esperamos más cambios. En este sentido, usamos formatos antiguos, la galería es un formato antiguo. Cuando mirás el mundo, están pasando otras cosas: los museos miran para afuera, buscan ser atractivos, generar contacto.
¿Cómo ves a la Argentina en este sentido?
Por momentos no estamos en sintonía. Muchas veces somos necios y no miramos la transición que atraviesa el mundo: no pensamos en el cambio comunicacional, en cómo llegar a la gente, cómo hacer que una persona se interese por el arte. Se preocupan por vender cuadros, cuando lo primero es replantearse la cultura, repartir las cartas de vuelta. Nuestras pautas culturales sirvieron hasta cierto momento; ahora necesitamos cambiar algunas cosas, y esto no quiere decir romper o no usar más aquello, si no modificarlo, adaptarlo.
¿Tu llegada a Palermo te permitió generar esta “transformación”?
Yo estoy acá hace ocho años y medio. En el momento en el que llegué, cuando armé la galería para salir a la calle con esta característica de poder pintar acá, al sistema le pareció un horror. “Si los pintores tienen que estar escondidos, tienen que ser oscuros…” Y la verdad es que no: los pintores comemos, tomamos café, podemos hablar con vos de igual a igual. Acercándose, se genera una empatía con la gente, te conocen, te cuentan cosas, vuelven a verte, se producen encuentros. El pintor de antes no habla, es un intelectual elevado. Y esa falta de comunicación hace que la gente se aleje del arte.
Habiendo nacido en el Chaco, ¿qué importancia tiene para vos llevar el arte a distintos puntos del país?
A mí me gusta moverme, trasladar mi arte a cualquier geografía: Jujuy, Mendoza, Rosario, Córdoba… cada lugar tiene su idiosincrasia y la idea es la de siempre: cuando vos te acercás, la gente se acerca. Pintar en shoppings, por ejemplo, permitir esto, que se saquen una foto con vos. Muchas veces lo asocian con la idea de que querés ser un rock star, y no tiene que ver con eso, sino con la parte humana. No me pongo en un pedestal: el arte puede verlo y tocarlo cualquiera, está al alcance de la mano.
La iniciativa de los talleres “Pintá con Milo” ¿tiene que ver con esta forma de ver las cosas?
Armé el formato workshops, donde trabajo con la gente y hablo sobre la creatividad. Comienzo contando mi historia, que es bastante simple, mucho más simple de lo que se imagina el público, para romper con la cuestión de que “no podés pintar”. Cuando yo cuento que es fácil, o te transmito el “cómo”, resumo o simplifico un montón de cosas. Yo tengo un dibujo muy simple, todos pueden hacerlo. Y es ahí donde se genera la empatía. Mucha gente me dice “yo dibujo mejor que vos” y está buenísimo eso, significa que funciona. Me gusta. Trato que estos talleres sean cada vez más sencillos y que las personas aprendan a compartir el espacio, a integrarse, a jugar con la pintura.
Es particular tu interés por la educación…
Sí, porque creo que puede cambiar, transformar el mundo. Y en este sentido pienso que está bueno mirar a otros países para ver cómo la piensan ellos, aprender y luego buscar tu fórmula. Tomar símbolos, palabras, imágenes y reformularlas, devolver otras.
¿Buscás una vuelta al niño interior de cada uno?
Me enfoco más bien en la capacidad de asombro, esa que sentíamos nosotros de chicos. Si pensamos en los maestros en nuestras vidas, de cualquier materia, los recordamos por el énfasis que le ponían a la clase. Y ahora resulta que nosotros queremos decir cosas inteligentes, queremos agradarle a todo el mundo, que digan “qué cabeza que tiene este tipo”, y no pensamos en la importancia de decir cosas directas y sencillas. Antes la información se escondía, ahora está al alcance de todos. El tema es cómo yo te enseño a trabajar con esa información. Cuando hablo de esto, pienso en Steve Jobs, en su cabeza tan genial, en su forma de comunicar. Para mí, esa fue su genialidad: su modo de trabajar la información, más allá de las cosas en las que la aplicó.
¿Y cómo sería trabajar la información en el plano del arte?
Que los artistas nos acerquemos al público, que acortemos las distancias. Nuestra responsabilidad es comunicarnos, generar contacto. Si no, ocurre que una vez al año explotan los museos, y al otro día están todos vacíos. Necesitamos modificar el “ya, hoy, ahora” del consumidor y buscar también una estrategia cultural para que vayamos más seguido a estos espacios. Cuesta el primer contacto con el público, y es eso lo que nos falta. Por eso yo estoy en este lugar, no encerrado en un tercer piso. Acá es más fácil que vos pases, me mires, generemos contacto visual. Mis amigos vienen a hacer el after office acá y se sorprenden de que me tome el tiempo para hablar con gente que no conozco. Yo insisto en que es muy importante porque así lo aprendí, me nace naturalmente, y gracias a esto ocurren cosas. En la Feria del Libro hasta que no firmo el último libro no me voy. Pienso mucho en la gente y esto genera asombro: no tenemos la práctica, la costumbre de este tipo de gestos.
De hecho, tu obra está llena de “gestos”…
Sí. Podría hasta decirte que ya no me preocupa tanto la pintura. Muchas veces me preguntan hacia dónde voy, y eso para mí es mirarme el ombligo todo el tiempo. Yo aprendí que me gusta pintar. Lo hago todos los días como mi ejercicio. No entro en esa cosa cómoda de “hoy no estoy inspirado”, “hoy no tengo ganas”. Porque cambiar la actitud te enseña a tener métodos, formas de trabajo. Uno es la referencia de tus empleados, y yo hablo constantemente con ellos: le buscamos la vuelta juntos, la estrategia. Yo confío, delego, me asesoro, busco distintas miradas.
¿Tenés ayudantes?
Sí, son dos y están hace varios años conmigo. Lo más loco es que ninguno de ellos tiene interés de ser pintor… En este momento estamos produciendo mucho y yo necesito trabajar con ellos… y aparte porque no me gusta trabajar solo, disfruto la compañía. Yo muestro todo lo que hago, la técnica. No tengo nada que ocultar y creo que lo más generoso del conocimiento es enseñárselo al otro para que pueda modificarlo porque, por ejemplo, puede tener más condiciones que vos. Este es el desafío de hoy. Ya no se trata de un gueto: necesitamos potenciar los espacios públicos y promocionar el arte argentino, valorar lo que tenemos en este país hermoso. 
Es notable tu participación desde al arte en causas sociales o solidarias. ¿Qué podés contar sobre esto?
A mí más que nada me gusta hacer cosas con el arte que le puedan servir a la gente, desde distintos campos, organizaciones, redes. Colaboro armando proyectos con objetivos simples, intentando que empiecen y terminen. Generar una acción concreta desde el mundo del arte.
¿Cómo podrías definir tu obra?
La obra es figurativa, recurre siempre a lo mismo: amor, personas, encuentros, desencuentros, tiene que ver también con mi día a día. Yo soy eso… y creo que uno tiene que pintar lo que es. Y suelo tener un mensaje positivo: más vale proponer un abrazo que un piedrazo. Se puede estudiar mucho el color, pero si no lo aplicás, no pasa nada. Hay que correr riesgos, animarse a equivocarse para poder aprender algo. Y también entender que uno no hace obras de arte todos los días. El concepto de obra de arte lo decide el tiempo. Yo todavía no sé cuál va a ser mi aporte. Trato de que sea la educación por el arte, el deseo por que otro pinte.
¿Qué consejo podrías darles a quienes emprenden este camino?
Cuando hablo en público cuento las fallas, los errores, transmito que fueron más las equivocaciones que los aciertos. Mucha gente piensa que la persona exitosa siempre tuvo éxito, desde que nació; y no, somos una construcción de fallas. Y hay que reconocerlo, aceptarlo, tolerar la frustración para revisar, estar preparado para la próxima y crecer.
En este sentido, cuando el éxito llegó a tu vida, ¿estabas preparado?
Nadie está preparado. Es un camino que hay que transitarlo, a prueba y error, y sostenerte. Yo aprendí a ser más responsable, empecé a tener más cuidado a la hora del mensaje… y no por ser moralista, si no por entender que cuando vos decís algo, te creen. Entonces hay que ser responsable, y correrse de ese lugar, plantear cosas simples. Siempre recomiendo trabajar primero la autoestima. Y creo que hay dos elementos más que van a cambiar cualquier cosa que hagas, seas carnicero, taxista o astronauta: actitud y conocimiento.
¿Qué podés contar sobre tu experiencia como vecino de Tigre?
El entorno natural que encuentro acá me recuerda al Chaco. Yo creo que uno elige el lugar donde vive, y yo elegí Benavídez. Me pareció interesante, como imagino la vida: no tan compleja, más bien sencilla y con mucha naturaleza. Estoy sobre el agua, tengo un pequeño muelle donde mi hijo juega. Disfruto los amaneceres: muchas veces me levanto muy temprano para ver ese momento: creo que esto nos acerca a la realidad. También los atardeceres. Y pienso que alejarse de estas cuestiones es lo que les ocurre a veces a los líderes de hoy: perder el contacto con lo humano, con lo más sencillo. La vida empieza y termina ahí: en la salida y la puesta del sol.

Sofía Moras

Colaboración: Maricel Cicala

Créditos de fotos: Claudia Martínez Greco

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